180 Art Collection

De las aguas mansas

 

Hace nueve años, Isabel Amador aprendió a bucear sin tocar el agua. Ni siquiera ella sabía lo que hacía. No tenía un plan para dominar esta novedosa destreza. No tenía prejuicios pero tampoco métodos. Sin embargo, Isabel tenía su cámara.

Todo empezó en Avellanas, muy lejos de la ciudad y de la vida que había llevado hasta entonces. Pasaba días enteros en la playa observando los elementos que poblaban ese nuevo paisaje desconocido y dejando que ellos meditaran dentro de ella. Olas, brillos, nubes, árboles, figuras.

Delante de sus ojos todo fluía en movimiento permanente, incluso cuando parecía inmóvil. El universo de Avellanas estaba en fuga, de forma imperceptible pero implacable, y tarde o temprano desaparecía de su vista. Era un proceso tan delicado que, de no haber sido por su cámara, su evolución seguiría siendo un misterio aún más grande.

Isabel pensaba que había algo liberador en sus visiones, y más tarde pensó que también había algo liberándose en ellas. Creía distraerse con las cualidades transparentes que podían encontrarse entre la línea del horizonte y la punta de sus pies; entre todo lo que parecía ser una cosa y resultaba otra. Se preguntaba por qué, tras una temporada en el mar, la mayoría de la gente exclamaba es hora de volver a la realidad.

Durante estos intercambios su infancia se hacía presente –los mejores momentos de su niñez, en el mar con su familia– , aunque seguía atenta a los eventos más inmediatos e insignificantes: las huellas de un perro en la arena mojada o la caminata silenciosa de algún desconocido.

Isabel no solo se dejaba llevar por la influencia de visiones exteriores. Con la cámara como intermediaria, también buceaba hacia adentro, como si el gesto de ver (abrir los ojos para hurgar la superficie de las cosas) fuera, al mismo tiempo, una forma de invertir la atención hacia esa otra vasta geografía de su interior.

El año pasado, sin proponérselo, se vio buscando imágenes en el agua. Fue así como empezó a sumergirse en el mar desde la tierra. Ahora tenía un doble hallazgo durante sus exhaustivas caminatas por la orilla de la playa. Todo estaba ahí, pero de forma inexacta, inestable, transitoria. No se trataba de un espejo sino de un espejismo cuya riqueza consistía en su fidelidad vulnerada. Cuando trasladó el mundo físico a las aguas, cuando prefirió su reflejo a su objetividad, todo cobró nueva vida. Isabel lo advirtió y, permitiendo que sus manos pensaran más rápido que su cabeza, giró las fotos. Después de mucho andar, Isabel puso al mundo de cabeza. Entonces supo que lo que veía era exactamente lo que estaba buscando.

180 Grados consta de12 fotos de gran formato tomadas en playa Avellanas, Guanacaste, durante el 2009, por la fotógrafa costarricense Isabel Amador Garbanzo (San José, 7 de setiembre, 2010). Esta fue su primera exposición individual. Correo electrónico: isabelamadorphotography@gmail.com

Por: María Montero

 

 

From calm waters.

 

 Nine years ago, Isabel learned how to dive without touching the water. She didn’t even know what she was doing. She didn’t have a plan to dominate this new skill. She had no prejudices but neither did she have methods. Nonetheless, Isabel had her Camera.

 
Everything started in Avellanas, far away from the city and from the daily life she had carried out until then. She began to dedicate entire days at the beach, observing the elements that populated that new unknown landscape, and allowing them all to meditate within her. Waves, brilliant reflections of light, clouds, trees, silhouettes.

 In front of her eyes everything unfolded in constant movement, even when it seemed to be still. The Avellanas universe was on the run, and in an imperceptible but implacable way it would sooner or later disappear from her view. It was a process so delicate that if it had not been for her camera, its evolution would continue to be a still greater mystery.

Isabel had thought that there was something liberating in her visions. Later on she thought that there was also something being freed through those visions. She thought she was getting distracted with the transparent qualities that could be found between the lines of the horizon and the tip of her toes; between everything that seems to be one thing and turns out to be another. She was wondering why, after a season by the sea, the majority of the people exclaimed that it was time to return to “reality”.

During these exchanges her childhood was made present –the best moments of her early years, in the sea with her family-, though she still remained attentive to the most immediate and insignificant events: the footprints of a dog in the wet sand or the silent walk of someone unknown.

Isabel was not only allowing herself to be carried by the influence of exterior visions. With the camera as her intermediary, she also dove within, as if the gesture of seeing (opening the eyes to delve beneath the surface of things) outside, at the same time, was a way to invert her attention toward that other vast geography of her interior.

Last year, without intending to do it, she found herself looking for images in the water. In that way she started to submerge herself in the sea from land. Now she had a double discovery during her exhausting walk on the shore along the beach. Everything was there, but in an inexact, unstable, and transitory form. It was not about a mirror, but rather an illusion whose richness was contained in its damaged fidelity. When she moved the physical world to the waters, when she preferred its reflection over its objectivity, everything took on new life. Isabel took notice and allowing her hands to think faster than her head, she flipped the photographs around. After a lot of walking, Isabel had put the world on its head. She then knew what she had seen was exactly what she was looking for.

Por: María Montero

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